Zürcher Nachrichten - La venganza Iraní cambia

EUR -
AED 4.208691
AFN 74.49053
ALL 91.373465
AMD 416.155059
ANG 2.051759
AOA 1052.027942
ARS 1730.468757
AUD 1.609539
AWG 2.065665
AZN 1.961226
BAM 1.954104
BBD 2.308896
BDT 140.777785
BGN 1.929224
BHD 0.432125
BIF 3446.667946
BMD 1.146
BND 1.464915
BOB 11.263516
BRL 5.879673
BSD 1.146425
BTN 109.846679
BWP 15.546978
BYN 3.467789
BYR 22461.602088
BZD 2.305659
CAD 1.606176
CDF 2648.405741
CHF 0.946178
CLF 0.027899
CLP 1101.604309
CNY 7.686853
CNH 7.676705
COP 3635.593658
CRC 512.863711
CUC 1.146
CUP 30.369003
CVE 110.172719
CZK 24.338693
DJF 204.149004
DKK 7.475536
DOP 67.66244
DZD 153.420998
EGP 59.744083
ERN 17.190002
ETB 187.257535
FJD 2.541713
FKP 0.858702
GBP 0.85881
GEL 2.967453
GGP 0.858702
GHS 13.20688
GIP 0.858702
GMD 84.229457
GNF 10078.558166
GTQ 8.748558
GYD 239.849102
HKD 8.990314
HNL 30.775088
HRK 7.532671
HTG 149.832539
HUF 364.287648
IDR 20419.429898
ILS 3.481153
IMP 0.858702
INR 109.939744
IQD 1501.822411
IRR 1575291.746358
ISK 139.399218
JEP 0.858702
JMD 181.022846
JOD 0.812527
JPY 180.872625
KES 148.418158
KGS 100.217734
KHR 4646.108404
KMF 490.488325
KPW 1031.40046
KRW 1590.556037
KWD 0.353427
KYD 0.9554
KZT 512.535046
LAK 25689.370415
LBP 102660.962927
LKR 379.460507
LRD 198.333875
LSL 18.638045
LTL 3.38384
LVL 0.693204
LYD 7.281901
MAD 10.862002
MDL 20.148124
MGA 4969.815583
MKD 61.478237
MMK 2406.248034
MNT 4124.868785
MOP 9.26336
MRU 46.119766
MUR 54.515126
MVR 17.705329
MWK 1987.934899
MXN 19.686666
MYR 4.679004
MZN 73.241042
NAD 18.638207
NGN 1526.895582
NIO 42.183379
NOK 10.80928
NPR 175.759483
NZD 2.006993
OMR 0.440634
PAB 1.146435
PEN 3.868542
PGK 5.102726
PHP 71.989464
PKR 317.75616
PLN 4.363539
PYG 6796.277763
QAR 4.190372
RON 5.265186
RSD 117.403102
RUB 96.436364
RWF 1684.089401
SAR 4.2707
SBD 9.168588
SCR 15.800933
SDG 689.314835
SEK 11.289585
SGD 1.46528
SHP 0.856662
SLE 28.249158
SLL 24031.039929
SOS 655.142675
SRD 43.257492
STD 23719.88844
STN 24.479176
SVC 10.031598
SYP 14900.293676
SZL 18.63215
THB 38.226557
TJS 10.575642
TMT 4.02246
TND 3.372272
TOP 2.759293
TRY 55.907733
TTD 7.78238
TWD 36.492315
TZS 3038.743037
UAH 51.220198
UGX 4522.074187
USD 1.146
UYU 46.101385
UZS 13573.453168
VES 971.218013
VND 29821.214771
VUV 135.56206
WST 3.157026
XAF 655.957
XAG 0.017187
XAU 0.000262
XCD 3.097123
XCG 2.066106
XDR 0.810282
XOF 655.957
XPF 119.331742
YER 271.085969
ZAR 18.645227
ZMK 10315.379406
ZMW 22.533028
ZWL 369.011567
SSP 6490.970489
MXV 2.231917

La venganza Iraní cambia




La secuencia de ataques y contraataques que se ha desatado en torno a Irán en los últimos días ha roto varios tabúes a la vez: golpes directos sobre territorio iraní atribuidos a una coalición de Estados, respuestas con misiles y drones más allá de un único frente y, sobre todo, un pulso que ya no se mide solo en la potencia de fuego inmediata, sino en la capacidad de aguantar, presionar y desestabilizar sin cruzar el umbral que desencadene una guerra total.

A primera vista, el patrón parece claro: Irán multiplica sus ataques y amplía el área de impacto, mientras promete “venganza” ante lo que califica como una agresión existencial. Sin embargo, bajo esa superficie hay una segunda lectura que está cobrando fuerza entre diplomáticos, militares retirados y analistas regionales: la revancha iraní puede estar cambiando de forma. No necesariamente menos peligrosa, pero sí distinta: menos concentrada en un gran golpe único y más orientada a una combinación de castigo selectivo, presión económica y guerra híbrida.

El golpe inicial y el efecto dominó regional
La escalada actual se aceleró a partir del sábado 28 de febrero de 2026, cuando se reportaron ataques coordinados contra objetivos en Irán en una operación atribuida a Estados Unidos e Israel. La magnitud exacta de los daños sigue siendo objeto de versiones contrapuestas, pero el impacto político ha sido inmediato: desde ese momento se encadenaron reuniones de emergencia en foros internacionales, alertas de seguridad en múltiples capitales y un aumento drástico del riesgo en el corredor energético del Golfo.

En ese contexto, Irán activó una respuesta en varias capas:
1. Respuesta militar directa, con lanzamientos de misiles y drones hacia objetivos asociados a Israel y hacia instalaciones estadounidenses en países de la región.

2. Presión indirecta, buscando elevar el coste político y económico para los socios regionales de Washington.

3. Señalización estratégica, calibrando la intensidad para no provocar —al menos por ahora— una dinámica de destrucción recíproca de infraestructuras críticas.

La clave es que la escalada no se está desarrollando en un vacío. Los países del Golfo albergan bases, centros logísticos, radares y elementos de defensa antiaérea vinculados a Estados Unidos. Esa arquitectura, pensada durante años para disuadir y contener, se ha convertido ahora en un tablero donde cualquier misil o dron puede tener un efecto multiplicador: un impacto no solo militar, sino también financiero, turístico y reputacional.

Misiles y drones: más ataques, pero no necesariamente “más guerra”
En las primeras horas tras el golpe inicial, las defensas antiaéreas de varios países se activaron en cadena. Hubo reportes de sirenas, interceptaciones y caídas de restos de proyectiles en zonas habitadas. Las autoridades de algunos Estados han insistido en que gran parte de los ataques fueron neutralizados, pero también han reconocido que el simple hecho de ser alcanzados —o de vivir bajo la amenaza— cambia la ecuación estratégica.

Aquí aparece el primer matiz decisivo: multiplicar ataques no siempre equivale a buscar una guerra total. Irán puede estar persiguiendo, de forma simultánea, tres objetivos que a veces se confunden:

- Demostrar que puede golpear en varios frentes (capacidad).

- Castigar a adversarios y a socios de adversarios (coste).

- Evitar el golpe que desencadene una campaña devastadora sobre su propio territorio (supervivencia)

Por eso, en lugar de un único ataque masivo con intención de colapsar al rival, lo que se observa es una secuencia de

El factor nuclear: Natanz, inspecciones y el límite del riesgo
La dimensión nuclear vuelve a situarse en el centro. En las últimas 72 horas, se han difundido imágenes satelitales que muestran daños relevantes en el complejo de Natanz, una de las instalaciones clave del programa de enriquecimiento iraní. Paralelamente, el organismo internacional responsable de la supervisión nuclear ha afirmado que, pese a los daños reportados, no se han detectado efectos radiológicos. Pero el problema va más allá del balance inmediato: el nivel real de afectación del programa y el volumen disponible de material enriquecido se han vuelto más difíciles de verificar ante las restricciones de acceso sobre el terreno.

Esta opacidad alimenta un círculo vicioso: cuanto menos verificable es la situación, más se impone la lógica militar de “asegurar” capacidades por la fuerza; y cuanto más se golpea, más probable es que Irán responda fuera del marco clásico de la disuasión.

En los márgenes de la crisis, además, flota un debate que no ha desaparecido: qué tipo de acuerdo sería aceptable para contener el programa nuclear, el stock de material ya enriquecido y el componente balístico. En las últimas semanas se han mencionado fórmulas de reducción del enriquecimiento y reactivación de inspecciones, pero la confianza entre las partes está en su punto más bajo y la guerra ha desplazado —al menos temporalmente— la diplomacia.

Un liderazgo en tensión y el problema de la sucesión
A la incertidumbre militar se suma un elemento explosivo: la cuestión del liderazgo. Han circulado versiones —incluidas afirmaciones públicas desde Washington— sobre un descabezamiento significativo de la cúpula iraní en el ataque inicial. En Teherán, la prioridad inmediata parece doble: asegurar la continuidad del mando y evitar que una crisis de sucesión se convierta en una grieta por la que se cuele un levantamiento interno.

En este tipo de escenarios, las instituciones formales cuentan, pero también pesan los centros de poder paralelos: la estructura de seguridad interior, los aparatos de inteligencia, las milicias de apoyo al régimen y, de forma decisiva, el entramado económico-militar asociado a la Guardia Revolucionaria. El resultado es un sistema que puede resistir mucho tiempo… siempre que no se rompan tres equilibrios a la vez: el control del territorio, el flujo de ingresos y la cohesión de las élites.

Por eso, la estrategia de “venganza” no se diseña solo para castigar al enemigo externo. También sirve para consolidar autoridad hacia dentro: mostrar capacidad de respuesta, reafirmar el discurso de resistencia y evitar que la población interprete el golpe externo como el inicio del fin.

Por qué la revancha “puede ser diferente”
La idea de una venganza distinta no significa renuncia, sino adaptación. La lógica que se impone es la del coste-beneficio. Un ataque devastador e indiscriminado podría satisfacer la narrativa de “respuesta histórica”, pero también podría:

- justificar una campaña aún más amplia sobre territorio iraní;

- poner en riesgo infraestructuras críticas de energía;

- empujar a países del Golfo a abandonar la contención y sumarse abiertamente a una coalición anti-iraní;

- y provocar un colapso económico interno que debilite al régimen

Así, la revancha “diferente” apunta a otros carriles:

1) Castigo selectivo a socios regionales clave.
Algunos Estados del Golfo que han estrechado lazos con Israel en los últimos años aparecen como objetivos de presión indirecta: no tanto por ser autores del ataque inicial, sino por el valor estratégico de su imagen de estabilidad. Un ataque que altere la percepción de seguridad en centros financieros y turísticos puede ser, en términos políticos, tan contundente como un daño militar.

2) Guerra híbrida y red de aliados.
Irán dispone de una larga experiencia en influir mediante actores asociados en varios escenarios. En un contexto de superioridad tecnológica del adversario, los instrumentos indirectos —milicias, sabotaje, operaciones encubiertas, ataques con drones de baja firma, campañas de desinformación y ciberataques— se vuelven más atractivos porque ofrecen negación plausible y diluyen el umbral de respuesta.

3) Terrorismo y violencia política transfronteriza: el riesgo mayor.
El escenario más temido por muchos servicios de seguridad no es un intercambio abierto de misiles, sino que el conflicto se deslice hacia acciones clandestinas contra intereses de los adversarios o de sus aliados. Es el tipo de escalada que no siempre se anuncia, no siempre se atribuye con claridad y que puede expandirse a terceros países con rapidez.

4) El frente económico: energía, seguros y rutas marítimas.
Cuando la guerra amenaza con convertirse en una guerra de infraestructuras, las armas no son solo misiles: son también cierres parciales, advertencias de navegación, encarecimiento de primas de seguros y presión sobre rutas que mueven una parte sustancial del petróleo y del gas licuado del planeta.

Ormuz: el estrecho que convierte la guerra en inflación global
Pocas palancas son tan sensibles como el Estrecho de Ormuz, paso obligado entre el Golfo y el océano para buena parte de las exportaciones energéticas. En los últimos días, se han reportado anuncios y movimientos orientados a restringir el tránsito o elevar el riesgo operativo en la zona, con el mensaje implícito de que si Irán se siente acorralado, el mundo podría pagar un precio inmediato en energía y transporte.

El poder disuasorio de Ormuz no depende de un cierre absoluto. Basta con una combinación de amenazas, incidentes puntuales y aumento del riesgo para alterar mercados: navieras que cambian rutas, aseguradoras que suspenden coberturas, gobiernos que liberan reservas y consumidores que sienten el golpe en el precio del combustible. Por eso, el estrecho se ha convertido en una “herramienta estratégica” tanto como un espacio marítimo.

Los países del Golfo: contención estratégica y miedo a la espiral
En la región se observa otro fenómeno: los países que reciben impactos o amenazas tienden, por ahora, a una contención estratégica. La razón es simple: responder directamente puede abrir una puerta que luego no se cierre. Muchas de sus infraestructuras —energía, agua, transporte, puertos, aeropuertos— están dentro del alcance de capacidades iraníes, incluso si estas no son perfectas.

En un escenario de represalias cruzadas, el coste puede ser descomunal para economías altamente conectadas y dependientes de la confianza internacional. De ahí que, mientras se refuerzan defensas, se multiplican llamadas diplomáticas con un objetivo casi unánime: que la escalada no se convierta en guerra regional abierta.

Washington: disuasión, presión máxima y avisos de seguridad
Estados Unidos, por su parte, ha combinado la narrativa de defensa preventiva con una escalada de presión política. En las últimas horas se han reforzado avisos de seguridad para ciudadanos estadounidenses en varios países de la región y se ha insistido en el riesgo de ataques adicionales. El mensaje, hacia dentro, busca mostrar firmeza; hacia fuera, pretende disuadir a Teherán de ampliar el conflicto.

Pero hay un punto de fricción difícil de resolver: cuanto más se plantea la meta como “neutralizar” capacidades militares estratégicas iraníes, más se eleva la tentación de Teherán de responder fuera del terreno convencional. En otras palabras: si Irán siente que no puede ganar en el aire y que su infraestructura es vulnerable, puede intentar que el coste se pague en otro lugar y con otras reglas.

Tres escenarios para las próximas semanas
Con el tablero tan cargado, el futuro inmediato se mueve entre tres escenarios (no excluyentes):

Escenario 1: escalada contenida (el más probable a corto plazo).
Más oleadas de misiles y drones, golpes puntuales, interceptaciones, presión marítima y diplomacia frenética para evitar el salto a ataques sistemáticos sobre infraestructura energética. Es un equilibrio inestable, pero posible.

Escenario 2: guerra de infraestructuras (el más peligroso para la economía global).
Ataques directos a terminales, refinerías, plantas de gas, puertos y nodos eléctricos. En este escenario, la “venganza” deja de ser simbólica y se convierte en un intercambio de daño económico. Sería la antesala de una crisis energética internacional.

Escenario 3: venganza híbrida (la más difícil de gestionar).
Acciones encubiertas, atentados, ciberataques y desestabilización a través de aliados regionales. Aquí, la guerra se difumina: no siempre hay firma, no siempre hay respuesta proporcional, y el conflicto puede extenderse a países que no estaban en el foco.

La paradoja iraní: golpear más para negociar, no para inmolarse
La paradoja que define esta crisis es que Irán puede estar multiplicando ataques para ganar margen de negociación, no para inmolarse en una guerra total. Golpear demuestra capacidad y preserva la narrativa interna, pero calibrar la intensidad protege al país de un castigo irreparable sobre su infraestructura crítica.

Eso no reduce el peligro: al contrario. Una represalia “diferente” —más híbrida, más económica, más difusa— puede ser más imprevisible y más difícil de contener. La región se encuentra, de hecho, en un punto donde un solo incidente mal interpretado puede desencadenar un salto de fase.

Por ahora, la pregunta que domina pasillos diplomáticos y salas de operaciones no es si habrá venganza, sino qué forma adoptará: el misil visible que se puede interceptar, o la presión silenciosa que se cobra con el tiempo.